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LA SEXUALIDAD HUMANA Y LA CULTURA
Hablar, escuchar, ver algo referido a la sexualidad o al “sexo”
en general no pasa inadvertido. No es lo mismo pasar delante de
una ventana y escuchar hablar de economía o de fútbol que
escuchar gemidos y ruidos que sugieren que se está realizando
alguna actividad sexual.
Ahora bien, es sabido que desde lo físico o más precisamente
desde el punto de vista biológico, nuestra sexualidad es muy
similar a la de los otros animales mamíferos, que son nuestros
“primos hermanos” de este fantástico viaje de la vida. Por
ejemplo, animales como las vacas, los perros, los leones, los
monos y otros, están provistos de aparatos reproductores y
sistemas de control hormonales muy parecidos al humano.
Pero la diferencia entre ellos y nosotros se encuentra en que lo
que ellos hacen está estrictamente determinado por el
“instinto”; mientras que lo que nosotros hacemos además de los
factores biológicos está determinado por factores de un muy alto
grado de complejidad como son los culturales y psicológicos.
El desarrollo de una sexualidad sana y placentera tiene
beneficios indudables sobre la salud psíquica y física de las
personas; aumenta la sensación de bienestar, de competencia;
mejora nuestra autoestima y todo ello redunda en un mejor
desempeño en las tareas o trabajos que nos toca realizar
diariamente.
Pero muchas veces hay factores como la falta de información, las
creencias religiosas y las costumbres de una sociedad, que
interfieren negativamente en nuestra sexualidad ocasionándonos
graves perjuicios.
El hablar de estos temas provoca en muchos de nosotros
sentimientos de vergüenza, de culpa, de incomodidad y a su vez
la curiosidad natural de querer saber, y sobre todo saber si
nuestro desempeño es el adecuado; saber si lo que nos gusta
hacer o que nos hagan está “bien” o es “perverso”, si es poco o
es demasiado, etc....
Mucho de lo que sabemos sobre el “sexo” está basado en conceptos
erróneos, experiencias personales y mitos (creencias comunes de
una sociedad que ocupan el lugar de la realidad).
La sexología se ocupa del estudio de todo lo referente a nuestra
sexualidad, incluyendo los problemas sexuales.
Temas como el orgasmo del varón y de la mujer, la masturbación,
la homosexualidad, la falta de deseo sexual, el deseo desigual
entre los miembros de una pareja, el sexo anal, el sexo oral, el
sexo oral-anal, la sexualidad de los niños, la educación sexual
de los niños, posiciones adoptadas durante una relación sexual,
el poder decir cual es nuestro deseo y otros más; son todas
cuestiones que merecen ser tratadas con todo el conocimiento
cierto que está a nuestro alcance en la actualidad.
Desde este ámbito se pretende abrir un canal de comunicación que
sea dinámico y provechoso para todos.
La sexualidad constituye una de las fuentes máximas de placer de
nuestra vida, por lo tanto pretender que la misma se desarrolle
en forma plena y sana, es una responsabilidad indelegable de
cada uno de nosotros, en otras palabras no podemos dejar que el
peso de nuestra satisfacción sexual recaiga por entero sobre la
otra persona, sino que debemos tomar conciencia de que somos
parte activa y principal de la misma.
LA SEXUALIDAD DE LOS ANCIANOS
Hablar de tercera edad, es hablar de
la vejez. En las sociedades occidentales (y la nuestra se
encuentra entre ellas), el ser viejo va acompañado de ideas que
en general son negativas, como decrepitud, decadencia,
dependencia, estorbo, etc....
Lo real de todo esto es que si vivimos lo suficiente llegaremos
a ser viejos. La vejez trae consigo problemas, en general de
salud física y mental, pero si el ambiente es el adecuado se
pueden atenuar y mucho los efectos del paso del tiempo y sobre
todo ganar en calidad de vida para el anciano.
Una idea muy común que circula en la sociedad y que es
ampliamente aceptada es “que las personas de la tercera edad no
tienen deseos sexuales y por lo tanto no deben realizar ninguna
actividad sexual”.
Es como si por alguna causa misteriosa una persona que durante
su vida ha mantenido relaciones sexuales y ha sido un ser
sensitivo y deseante; pasada una determinada edad (generalmente
entre los 50 y 60 años) se transformara en un ser de “corcho” o
de “plástico” o vaya a saber que material insensible, o sea
dejaría de desear y tener sensaciones placenteras.
Está claro que la idea no resiste el menor análisis, dada su
“irracionalidad”, sin embargo se encuentra muy difundida y
aceptada.
Es más, toda demostración de interés sexual de parte de una
persona de la tercera edad, es considerada negativamente. Si es
un varón, entonces será un “viejo asqueroso”, o “baboso”, o
“verde”(no sabemos todavía porque sería verde y no azul o rojo u
otro color.....); por otro lado si es una mujer la que se
muestra activa o insinuante, directamente será una “vieja puta”.
A tal punto se llega que en los hogares de ancianos se
obstaculiza todo tipo de contacto sexual entre las “personas”
que allí viven y subrayo la condición de personas dado que hay
una tendencia a tratar y considerar al anciano como alguien que
no estaría en condiciones de decidir sobre sus cosas.
De está forma se priva a las personas de un factor muy
importante como la sexualidad, para mantenerse en buenas condiciones de salud psíquica y
física.
¿Cómo se va a poner de novia la abuela o el nono? ¡Pero estamos
todos locos! Dirían muchos.
La realidad es que si no hay enfermedades invalidantes severas o
muy dolorosas, la sexualidad de las personas ancianas puede ser
muy similar a la de los más jóvenes, con la salvedad que todos
los procesos se dan de una manera más lenta y requieren de
estímulos más directos y por un tiempo mas prolongado.
A la vez que el intervalo temporal entre una relación y otra
tiende a ser más amplio.
Si las personas han ejercido a lo largo de su vida una
sexualidad sana y activa, no hay motivo para que no puedan gozar
de la misma en la vejez, donde se encuentran en una situación
más crítica y vulnerable. Lo que sin duda redundaría en una
mayor autoestima, en sentirse útiles, en beneficios para su
salud física; en definitiva en sentirse personas deseantes y
deseadas como lo fueron anteriormente.
Como conclusión, invitamos a poder pensar el porque de este
mito, que casi con seguridad se fundamenta en tapar o esconder
los temores que tenemos con respecto a nuestra propia sexualidad,
vejez
y que así los hacemos recaer sobre personas que por su condición
se encuentran en una situación de desventaja.
Sería hora de comenzar a generar cambios, dado que es cuestión
de tiempo para que todos vayamos pasando por esa etapa de la
vida.......
¿QUE ENTENDEMOS POR
RELACIÓN SEXUAL?
Una forma practica de abordar las cuestiones sexuales para
exponerlas en un espacio limitado, es partir de las ideas que en
general circulan en la sociedad con respecto a la sexualidad y
que las asumimos como ciertas, siendo estas en muchos casos
erróneas e incluso totalmente contrarias a lo real.
Una idea muy difundida y común es la de que “sexo es lo mismo
que coito (penetración), cualquier otra actividad no cuenta”.
Muchas veces cuando las ideas son comunes a la mayoría de las
personas, no las cuestionamos y ni siquiera nos preguntamos de
donde provienen; podemos rastrear los orígenes de este
pensamiento en el pueblo de Israel, más precisamente en el libro
del Génesis, donde se establece una ley fundamental que dice
“CRECED Y MULTIPLICAOS”.
Este mandato determinó un absoluto respeto por la función
reproductiva del acto sexual, considerándose grave cualquier
violación de la norma.
Con la llegada del cristianismo, se toman y profundizan estos
mandatos, proponiendo al cuerpo como “lugar del pecado” e
instalándose un ideal de “no goce” o ascético, donde se exalta
la renuncia a todo lo placentero.
Por ejemplo, San Agustín que vivió entre los años 354 y 430
de nuestra era, decía “Amad a vuestras mujeres, pero amadlas castamente. En
vuestra relación con ellas manteneos dentro de los límites
necesarios para le procreación de hijos”.
Es así como queda fuera de lo natural y es considerado aberrante
cualquier otro contacto sexual que no sea el de pene-vagina.
Si bien hoy día las costumbres han cambiado
mucho, estos mandatos milenarios siguen actuando en nuestro
inconsciente y es uno de los factores que provoca que pensemos
que muchas de las cosas relacionadas con lo sexual son sucias e
inmorales además de la dificultad para poder expresarnos
abiertamente de las cuestiones sexuales; observémonos a nosotros
mismos y comprobaremos que es así.
Si nos atrevemos a “pensar”, preguntémonos cuantas veces en la
vida, una mujer o un hombre realizan la actividad sexual con el
fin de procrear, ciertamente no serán muchas, a menos que halla
alguna dificultad para lograr el embarazo y que por lo tanto se
lo intente repetidamente con esa expresa intención.
La casi totalidad de las veces se realizará como acto placentero
y con la utilización de algún método contraceptivo y si la
relación sexual se diera por algún compromiso u obligación es
probable que se transformaría en una actividad indiferente o
desagradable.
Así tratamos de hacer un poco de luz sobre esta idea tan común
que limita enormemente la sexualidad, dado que quedarían
excluidos de la misma todo tipo de “juegos previos”, actividades
orales, manuales, estímulos visuales, auditivos, olfativos,
etc....o sea todo aquello que “humaniza” nuestras relaciones
sexuales y las diferencia de las de los animales.
Es justamente todo lo que acompaña a la penetración y al
orgasmo, lo que erotiza el pensamiento y despierta el deseo.
Si limitamos la sexualidad a la faz penetrativa, corremos el
riesgo de caer en la monotonía de una sexualidad limitada que
lleva al aburrimiento y a espaciar cada vez más nuestra
actividad sexual.
Además esta idea limitada excluye la sexualidad de personas con
discapacidades físicas que van desde los traumas por accidentes,
pasando por los accidentes cerebro vasculares, enfermedades del
sistema circulatorio, diabetes y otras; que pueden provocar una
disfunción erectiva que impide la práctica de la penetración y
que sin embargo esto no impide que las personas puedan gozar de una
sexualidad placentera tanto para ellos como para su pareja.
La penetración es importante en la relación sexual, pero más
importante es darse cuenta que no se equivalen; sino que la
primera es una “parte” de la segunda y que la sexualidad humana
abarca infinidad de aspectos y sutilezas que si no son tenidos
en cuenta la reduciríamos a una sexualidad de tipo animal (SOLO
CON FINES REPRODUCTIVOS).
Entonces vemos que lo que las religiones y las
costumbres condenan, en realidad es lo mas humano de nuestra
sexualidad, sería algo así como negar nuestra propia naturaleza
social y cultural, o se lo que en realidad nos convierte en
humanos. |